viernes, 4 de marzo de 2011

EL SACERDOTE, DON DE DIOS PARA EL MUNDO


REFLEXIÓN TEOLÓGICO-PASTORAL
día del seminario 2011

            «El sacerdote es un don del corazón de Cristo: un don para la Iglesia y para el mundo» (Benedicto XVI, Ángelus 13.06.10).
            El día en que Benedicto XVI exhortaba con estas palabras tras el rezo del ángelus a la multitud congregada en la plaza de san Pedro, Roma era un hervidero de sacerdotes venidos de todas partes del mundo. El motivo de esta concentración de culturas, lenguas y geografías diversas, expresión de una fraternidad presbiteral que no conoce fronteras, era la conclusión del Año Sacerdotal que el Santo Padre había convocado un año antes para conmemorar el centenario de la muerte de san Juan María Vianney. No obstante la pléyade de voces alzadas en convenios teológicos, publicaciones y alocuciones diversas a propósito de este evento, pocas palabras como las proferidas por el Papa aquella mañana logran iluminar con igual sencillez y clarividencia la esencia del sacerdocio ministerial.
            «El sacerdote, regalo de Dios para el mundo». Este es el lema que, parafraseando la frase de Benedicto XVI, anima la jornada del Día del Seminario de este año. El eslogan puede resultar algo manido, dado por descontado; una obviedad sobre la que no merece la pena detenerse. No obstante la posibilidad de esta inmediata impresión, quizá sea hoy más que nunca necesario afirmar que el sacerdote representa para el mundo una acción de Dios en la que se refleja su predilección amorosa por los hombres. Esta verdad, llamada a animar el ejercicio del ministerio e interiorizarse en quienes se preparan para recibir el sacramento del orden, exige su proclamación constante, sobre todo en un mundo que ni parece necesitar ni solicita este «regalo».

1. Un mundo «de-sacerdotalizado»
            En efecto, no parece que ni la sociedad ni la cultura contemporánea contemplen en la figura del sacerdote un bien necesario para el funcionamiento del tejido social. Hoy en día, el presbítero es considerado por una mayoría de bautizados no practicantes como una especie de «funcionario» cualificado, que presta un servicio religioso en momentos cruciales de la vida como el nacimiento, el matrimonio o la muerte. Para un número creciente de ciudadanos que se manifiestan indiferentes en materia de religión, el sacerdote carece de significación pública alguna. Los miembros de otras religiones lo consideran un representante oficial de la Iglesia. Por último, para un número no desdeñable de cristianos practicantes, con diversos grados de compromiso, el sacerdote se muestra como guía espiritual, mediador del encuentro sacramental entre Dios y el hombre, animador de la comunidad, de los ministerios y carismas que la constituyen. El sacerdote preside la Eucaristía, momento festivo y gozoso en el que se hace actual la salvación acaecida en la muerte y resurrección de Cristo, y visibiliza el rostro misericordioso del Padre en el sacramento de la penitencia.
            Esta fragmentación de significado social, cultural y religioso de la figura del sacerdote constituye un fenómeno relativamente reciente que discurre a la par del proceso de secularización en el que estamos inmersos. Si hasta hace poco el sacerdote era captado con unos rasgos unívocos que permitían incluso delinear personajes literarios emblemáticos, hoy asistimos al surgir de una generación que al leer San Manuel Bueno y Mártir, El poder y la gloria o Diario de un cura rural, no logran simpatizar con el drama interno que asola a sus protagonistas, sacerdotes atenazados por la duda, la responsabilidad ante el pueblo cristiano y un reverencial temor de Dios. Esta ausencia de empatía refleja el desvanecimiento de un «mundo» familiarizado con la cosmovisión cristiana y sus elementos constituyentes, situación que conlleva un «extrañamiento» creciente ante la figura del sacerdote.
            El «mundo» diseñado en Occidente durante el siglo xx, marcado por las guerras mundiales y el delicado equilibrio entre las grandes potencias, es un mundo labrado a partir de un puñado de ideas que portan en sí el legado de una larga incubación filosófica y teológica. Principios como la emancipación, la lucha o la liberación, con sus variados adjetivos o genitivos –lucha obrera, emancipación de la mujer, liberación sexual–, han guiado la actividad humana y la búsqueda espiritual del hombre del último siglo. En los albores del tercer milenio, una idea sobresale como herencia de este devenir cultural entre los nuevos mitos que sustentan el contrato social: la idea de «progreso».
            La idea de progreso constituye uno de los elementos basilares de la cultura en la era de la técnica y es, en gran medida, consecuencia de ella. El papa Benedicto XVI se ha hecho eco en repetidas ocasiones de la visión del mundo emergente de una «ideología del progreso», versión secular de la esperanza escatológica, y de las dificultades que esta estación cultural genera para la vivencia de la fe cristiana, que se ve sustituida por una «fe en el progreso»[1]. El «mundo» que emerge de esta visión se ve privado de un horizonte escatológico, de la confianza radical en la promesa del Padre que ha sido cumplida definitivamente en Cristo y que aguarda su recapitulación última. En un mundo así, el sacerdote, puente tradicional entre la orilla del «mundo» y la del Reino, deviene innecesario y prescindible.
            Sin embargo, la fe en el progreso se demuestra incapaz de generar sentido. En el panorama de increencia generalizado, proliferan experiencias de diverso género que tienen en común la búsqueda (¿desesperada?) del sentido. Las corrientes afines a la New Age, la meditación trascendental, el yoga, etc. toman el puesto de las tradicionales prácticas cristianas, ofreciendo una vía para afrontar la «tragedia» de una existencia humana regida por la mera necesidad[2]. El sacerdote es sustituido, en cierto modo, por el gurú, el maestro de relajación o el personal-trainer.

2. ¿Un sacerdocio «de-mundanizado»?
            La situación esbozada en las líneas precedentes es susceptible de múltiples interpretaciones. El Concilio Vaticano II ha marcado, sin embargo, una orientación fundamental en la comprensión de la relación de la Iglesia con la comunidad humana, expresada en la constitución Gaudium et Spes. Esta orientación de apertura y diálogo nace de la natural vocación de la Iglesia a anunciar a todos los hombres la Palabra de la salvación acontecida en Cristo, lo que nos obligar a considerar como tentación el impulso hacia el repliegue que nace de la constatación de un «mundo» sordo ante la Palabra de Dios.
            La tentación del repliegue hacia el interior afecta sobremanera a los sacerdotes, quienes han sido objeto de un progresivo exilio de los ámbitos de la cultura y de la incidencia pública. Una funesta consecuencia del «anti-clericalismo» –actuado en diversos ámbitos y con intensidad variada–, ha sido no solo la difusión, sino también la interiorización en no pocos ministros, de un errado convencimiento según el cual el sacerdote no debe sostener discurso alguno en la construcción del espacio público[3]. Su ámbito de acción se limita a la esfera de lo privado y de lo confesional. Este arrinconamiento no procede de una voluntad directa, sino que es la consecuencia de una organización del mundo basada en la ideología del progreso. El espacio público es ocupado por el libre mercado, los valores económicos y la carrera desenfrenada por el poder. El encuentro con Cristo y el amor son acontecimientos de la vida humana que quedan fuera de la organización cívica. Y, sin embargo, son los eventos fundadores de una existencia auténtica, de los que el sacerdote se hace eco con su propia vida entregada a la causa del Reino.
            La existencia sacerdotal está sostenida por una paradoja de no fácil gestión. Por un lado, el presbítero está llamado a guiar a una comunidad eclesial concreta, para que esta sea precisamente «voz» en el mundo de la Buena Nueva. El presbítero es un hombre fundamentalmente dedicado a su comunidad, en la que preside la Eucaristía y perdona los pecados, proclama la Palabra y anima los ministerios y carismas. El sacerdote es, en este sentido, un «hombre de Iglesia», que representa visiblemente la institución eclesial. Pero por otro lado, la evangelización y el apostolado constituyen un aspecto esencial de su identidad ministerial, que adquieren una especial relevancia en un contexto marcado por la secularización y la increencia.
            La gestión de esta tensión inherente al sacerdocio da lugar a no pocas incertidumbres sobre el modo concreto de llevarla a cabo. Una articulación posible de la misión de la Iglesia consiste en la «funcionalización» de las tareas: mientras que a los laicos les compete el anuncio de la palabra en el «mundo», de los sacerdotes se espera la proclamación de esta misma Palabra en el seno de la comunidad eclesial. Este modo de vislumbrar la actividad misionera de la Iglesia, sin embargo, parece en cierta medida preso de una «lógica de la eficiencia» que ha de ser juzgada teológicamente. En una visión del género se produce un riesgo considerable de de-mundanizar el ministerio sacerdotal, esto es, de apagar el originario dinamismo apostólico de la vocación presbiteral en beneficio de una concentración en las tareas típicamente eclesiales.
            La historia de la Iglesia brinda una dilatada nómina de figuras sacerdotales que, explorando esta originaria dimensión apostólica, han contribuido a forjar síntesis y visiones de vida que permanecen como un tesoro inmaterial de la humanidad: san Ambrosio, san Agustín, santo Tomás de Aquino, Bartolomé de las Casas, Erasmo de Rotterdam, el beato John Henry Newman, etc. Estos y otros tantos nombres fueron sacerdotes que, en los momentos críticos de la historia, esto es, cuando se gestaba una nueva estación del espíritu humano, realizaron contribuciones originales e imprescindibles de las cuales aún hoy se alimenta nuestra experiencia espiritual y cultural. Reivindicar su memoria como sacerdotes que entendieron su ministerio como servicio a la Verdad, y en consecuencia como servicio al «mundo», es un acicate para explorar nuevas vías de expresión de esta dimensión apostólica del ministerio sacerdotal.

3. El sacerdote, un don para el mundo hoy
            En tiempos de incertidumbre, se antoja más necesario que nunca prolongar la estela de tantos sacerdotes que han sido claves para la renovación espiritual y social del «mundo» en distintas épocas y geografías. La proclamación del Evangelio más allá de los confines de la Iglesia –la nueva evangelización– constituye esencialmente al sacerdocio ministerial. No se trata de una dimensión accesoria o prescindible, sino de un impulso constitutivo de la identidad presbiteral que encuentra su mejor expresión en la «caridad pastoral», que «los pone en la iglesia (a los sacerdotes) como servidores autorizados del anuncio del Evangelio a toda criatura y como servidores de la plenitud de la vida cristiana de todos los bautizados»[4].

            La postura de Jesús ante el «mundo», de cuya caridad pastoral participan los presbíteros[5], esclarece el sentido y el modo de la donación del sacerdote al mundo. El Evangelio de Juan presenta una teología sobre la relación de la Iglesia con el mundo, en el que se describe un modo de situarse ante las realidades terrenas desde la fe en Jesús y la esperanza en el Reino venidero. «Mi reino no es de este mundo» (Jn 18, 36), afirma Jesús ante Pilatos. La lógica del Reino de Dios que Él ha proclamado y la lógica del mundo no se confunden. La Iglesia, prolongando la misión de Cristo, ha tratado de mediar, aunque no pocas veces oscureciendo el brillo del Evangelio, la relación entre el mundo y el Reino de Dios al que la humanidad entera ha sido convocada. La Iglesia, que constituye ya en la tierra «el germen y el principio de este reino»[6], continúa su peregrinaje hasta que «todas las cosas, tanto las del cielo como las de la tierra» sean reconciliadas con Cristo (Col 1, 20).
            Al sacerdote le compete hoy seguir convocando a todos los hombres a descubrir la promesa de Dios y suscitar la esperanza en el advenimiento definitivo del Reino. Esta función, que brota del impulso apostólico que anima su vocación presbiteral, requiere una sensibilidad evangélica que colorea tanto su presencia en el mundo como su relación con las realidades terrenas. Sobre el modo de articular concretamente este tipo de presencia, sugerimos algunas vías concretas.
            El sacerdote puede ser hoy un verdadero «regalo» de Dios al mundo si se atreve a desvelar su lógica aplastante, guiada por la auto-afirmación y el poder. Lo expresa de un modo sobrecogedor Fiedrich, el personaje de la película La caída de los dioses[7], cuando en su afán de poder y enriquecimiento se ve «obligado» a asesinar a su socio: «He aceptado una lógica despiadada de la que jamás podré liberarme». El «mundo» de hoy, que confía ciegamente en la idea del progreso, cae preso de una lógica deshumanizante en la que el dinero, el poder sobre los otros, la auto-afirmación, devienen principios rectores de la existencia. El sacerdote ha de tener el coraje de poner de manifiesto las nuevas idolatrías, no con un fin reprobatorio e incriminador, sino con un interés soteriológico que nace del convencimiento de que todo hombre ha sido llamado a degustar la salvación definitiva acaecida en Cristo. Solo después de este desenmascaramiento, el sacerdote deberá proponer la lógica de Jesús, basada en el servicio humilde y en el amor desinteresado, como principio rector de una existencia verdaderamente humana[8].
            El ejercicio de este servicio al mundo requiere de un esfuerzo constante por reavivar la dimensión profética y poética de la existencia sacerdotal[9]. El don del Espíritu recibido en la ordenación exige la puesta en juego de todas las potencialidades y capacidades personales. Los presbíteros y los candidatos al sacerdocio, como reiteran los documentos del Magisterio que abordan la formación presbiteral, han de cultivar una sensibilidad cultural, intelectual y espiritual que les permita escudriñar los signos de los tiempos. El ejercicio de esta función profética conlleva un interés verdadero por la literatura, las artes, el cine, etc., esto es, por todas las creaciones donde cristalizan el espíritu y los símbolos de la cultura de nuestro tiempo, que portan propuestas de sentido en ocasiones ajenas a cualquier significación trascendente. Conlleva también un conocimiento de las leyes económicas y de las estrategias políticas, del funcionamiento de los medios, el «cuarto poder», y del modo en que la así llamada «opinión pública» es generada y difundida. Conlleva, en definitiva, una destreza mínima para circular en el alambicado circuito de la post-modernidad, donde no existen reglas fijas ni metas predefinidas.
            El sacerdote es «regalo» de Dios al mundo también cuando se empeña en las actividades típicamente eclesiales, esto, es cuando edifica y acompaña a la comunidad eclesial. Los hombres y mujeres que constituyen esta comunidad también viven en el tiempo presente, con problemáticas y desafíos idénticos al resto de individuos que componen la sociedad en la que se hace presente la Iglesia. Es responsabilidad del ministro ordenado conducir a la comunidad cristiana de tal modo que esta llegue a ser verdadera «luz del mundo» (Mt 5, 16). En no pocas ocasiones se alzan lamentos entre el pueblo de Dios ante la superficialidad y escasa preparación de muchas homilías. Qué distinto sería si el sacerdote que las proclama se hiciese siempre consciente de que los destinatarios de sus palabras viven y están «en el mundo», atenazados por preocupaciones y proyectos que ocupan al conjunto de los ciudadanos.
            El sacerdote es «regalo» de Dios al mundo cuando a través de su existencia concreta, su estilo de vida, sus gestos y palabras, contribuye a desvelar el rostro trinitario de Dios; cuando su «mundo personal» rezuma misericordia, hospitalidad, entrega. La antropología dominante está profundamente marcada por la idea de subjetividad personal. Cada uno construye su propio «mundo», su personal visión de la existencia, a partir de las experiencias hechas, de las decisiones tomadas y de las acciones emprendidas. No existe un solo «mundo», esto es, una cosmovisión dominante, sino una pluralidad de mundos, de modos de ubicarse en la existencia, de maneras de vivir la propia vida. Al sacerdote se le abre un precioso campo de acción: el acompañamiento a los jóvenes en la creación del propio mundo, en la gestación de la propia identidad, que tiene que ver con el descubrimiento y asimilación de la vocación personal a la que cada uno ha sido llamado.
El sacerdote es, por último, «regalo» de Dios al mundo cuando reza por él, cuando hace memoria en su oración de la conflictividad inherente al mundo, de las víctimas de las guerras, del injusto reparto de los bienes, de los desastres naturales, etc. Las palabras de Jesús sostienen el impulso apostólico del presbítero, consciente de que este afán, como nos recuerda Benedicto XVI, nace del corazón de Cristo: «Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad. No solo por ellos ruego, sino también para los que crean en mí por la palabra de ellos» (Jn 17, 18-20).


[1] Cf. Benedicto XVI, Spe Salvi 17. Al aludir a esta «nueva fe» viene a la mente el título del primer disco de Micah P. Hinson –Micah P. Hinson and the Gospel of Progress–, un título elocuente y sugestivo de cuanto venimos diciendo.
[2] Cf. F. Nietzsche, El nacimiento de la tragedia, Madrid 2007.
[3] El tema es sobremanera complejo. Las raíces y las expresiones del anti-clericalismo son variadas y de diversa coloración e intensidad. El fenómeno del anti-clericalismo se observa en las presentes líneas en la medida que conlleva un desafío para la definición del papel del sacerdocio en el «mundo».

[4] Pastores dabo vobis 15.
[5] Cf. Pastores dabo vobis 22-23.
[6] Lumen gentium 6.
[7] El título del film de L. Visconti no es casual. Cuando Dios desaparece del horizonte humano, el mundo queda abandonado a su suerte, guiado por una lógica absurda de la que «ningún dios nos puede salvar».
[8] Cf. Gaudium et spes 22: «El misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado».
[9] Cf. K. Rahner, «Existencia sacerdotal», Escritos de teología III, Madrid 2002, 251-274; Id., «Sacerdote y poeta», Escritos de teología III, 307-328.

BIENAVENTURANZAS DEL SEMINARISTA


Feliz el seminarista que…
• Camina hacia el ministerio sacerdotal a pesar de las objeciones del ambiente, porque sabe que los hombres siguen tiendo necesidad de Dios hoy, mañana y siempre.
• Ha descubierto que Dios está vivo y que necesita de hombres que vivan para Él y que lo lleven a los demás.
• Ha descubierto que no se llega a ser sacerdote solo sino en una comunidad de discípulos.
• Pone en el centro de su vida la relación personal con Dios en Jesucristo para llegar a ser mensajero de Dios entre los hombres.
• Aprende a vivir en contacto permanente con Dios, como punto de referencia que le hace descubrir tanto los errores como todo lo hermoso y bueno que hay en su vida.
• Sabe celebrar la Eucaristía con participación interior para encontrarse a Cristo en persona.
• Aprende a conocer, entender y amar la liturgia de la Iglesia como un gran coro de oración con los fieles de todos los tiempos.
• Vive el sacramento de la Penitencia con una conciencia agradecida de que Dios siempre está dispuesto al perdón, sin ser escrupuloso pero luchando por la santidad y la santificación.
• Reconociendo su miseria, llega a ser más tolerante y comprensivo con las debilidades del prójimo.
• Sabe apreciar una piedad popular purificada y centrada en lo esencial que le permite integrase con el Pueblo de Dios.
• Estudia con tesón y aprovecha los años de estudio para conocer y comprender la estructura interna de la fe.
• Va consiguiendo un equilibrio justo entre corazón y mente, razón y sentimiento, cuerpo y alma, para llegar a ser humanamente íntegro.
• Camina vigilante y atento en un proceso de discernimiento para vivir una humanidad auténtica, pura y madura en la vida celibataria.
• Sabe vivir su propia espiritualidad particular en el conjunto de las diversas formas de espiritualidad suscitadas como dones del Espíritu a la Iglesia.
• Vive su etapa en el seminario como un periodo en el que aprende con los otros y de los otros.
• Asimila la generosidad y la tolerancia para hacer posible el enriquecimiento mutuo en la vida comunitaria.

A partir de la carta de Benedicto XVI a los seminaristas (18-X-2010)

sábado, 12 de febrero de 2011

BEATO MANUEL DOMINGO Y SOL (29 de Enero)

Beato Manuel Domingo y Sol
Fundador de los sacerdotes Operarios Diocesanos

Los orígenes
MANUEL DOMINGO Y SOL nació en Tortosa (Tarragona - España) el día 1 de abril del año 1836. Su vida entera fue una pasión ardiente por el sacerdocio, y lo vivió con toda intensidad. Le atraían, a la vez, todas las facetas del apostolado sacerdotal: “una ilusión santa parecía querernos lanzar al mismo tiempo a todos los campos”, confesaba en cierta ocasión.
A la edad de 15 años ingresó en el seminario diocesano. Fue ordenado sacerdote en Tortosa el día 2 de Junio de 1860 a la edad de 24 años. Celebró su primera Misa en Iglesia de S. Blas, el día 9 de Junio de 1860. Su primer destino fue a La Aldea (Tortosa), el 7 de Marzo 1862 y un año más tarde se hace cargo de la parroquia de Santiago de Tortosa. Durante los primeros 13 años de su sacerdocio, fue misionero diocesano, párroco, confesor de Religiosas -levantó tres conventos de religiosas de clausura- y profesor del Instituto de Tortosa. Se dedicó, sobre todo, al apostolado con la juventud. Construyó de nueva planta un Centro para jóvenes, y fundó la primera revista juvenil católica de España: El Congregante.
Pero nada de esto colmaba sus aspiraciones. Necesitaba un punto de apoyo definitivo para aunarlo todo, influir en todo, y restaurarlo todo. Dios respondió a sus deseos: “El Señor, sin merecerlo, sin advertirlo nosotros casi, sin pensarlo ni poderlo prever, descorrió la cortina, y nos mostró un campo vastísimo, de facilísimo cultivo, de resultados indudables, campo en el cual, y con una vida puramente sacerdotal, pudiéramos impulsar, coadunados, todos los intereses de su máxima gloria, que nuestra piadosa imaginación y nuestro ardiente celo pudiera soñar jamás".

La formación de los futuros sacerdotes
Un día del mes de febrero del año 1873, se encontró con el seminarista Ramón Valero, pobre y humilde, que vivía de limosna con otros seminaristas en una buhardilla. El Seminario de Tortosa había sido destrozado por la Revolución del año 1868, y los pocos seminaristas que aún quedaban vivían diseminados por la ciudad, con hambre y sin formación. Ramón Valero contó a don Manuel las estrecheces en que vivía, sin pan, sin luz para estudiar, sin orientación.
Don Manuel vio muy claro y para siempre: la clave de sus anhelos era dar pan y cariño, ilusión sacerdotal y formación adecuada a los futuros sacerdotes. Había encontrado la "perla preciosa" de la parábola, y vendió todas las cosas para comprarla. Desde entonces vivió convencido de que “la formación del Clero es lo que podríamos decir la llave de la cosecha en todos los campos de la gloria de Dios. Nosotros más que apóstoles parciales, hemos de ser moldeadores y formadores de apóstoles”, decía a sus operarios.
En el mes de septiembre de 1873 comenzó la tarea ingente de su vida con la humilde “Casa de San José”, donde reunió a 24 seminaristas pobres. Muy pronto hubo de adquirir una casa más amplia para los 98 alumnos que tenía el año 1876. E1 día 11 de abril de 1878 puso la primera piedra del nuevo “Colegio de San José para Vocaciones Eclesiásticas”, y lo inauguró el 11 de abril de 1879 con 300 seminaristas. Educaba y mantenía, además, gratuitamente a otros 100 seminaristas en el Palacio de San Rufo.

La fundación de la Hermandad
Durante los primeros años de funcionamiento del Colegio de San José, D. Manuel fue madurando ideas y vio que los esfuerzos individuales no tenían garantía de perennidad: el hombre pasa y los problemas permanecen. Quería dar consistencia a su "Obra" e irradiar su actividad a otras diócesis. Así, e1 29 de enero de 1883, después de celebrar la Santa Misa, recibió la luz de lo alto, y “estuvo dos días bajo la influencia de aquella inspiración sobrenatural”. Vio con claridad la fundación de una Hermandad de Sacerdotes Operarios que, con acendrado espíritu de Reparación, se dedicaría a la formación de futuros sacerdotes. La Hermandad será aprobada por el Obispo de Tortosa el día 17 de mayo del año 1883. Con un puñado de sacerdotes buenos y entregados, don Manuel se sintió capaz de llevar a cabo su empresa.

Los Colegios de San José
La situación de los Seminarios españoles era bastante precaria: “No es posible comprender cómo estaba la formación de los jóvenes en mi época, y algo anterior y bastante posteriormente, en estudios, en piedad y disciplina y vigilancia y pruebas de vocación”. Don Manuel supo elevar el nivel espiritual, disciplinar e intelectual de tal manera que resaltaba la formación dada en el Colegio de Vocaciones y comenzaron a llover sobre él peticiones de los Obispos para que los Sacerdotes Operarios fueran a sus diócesis.
1884: Funda el Colegio de Vocaciones en Valencia.
1888: Murcia.
1889: Orihuela.
1893: Plasencia.
1894: Burgos.
1896: Almería.
1896: Lisboa (Portugal).
1898: Toledo.

El Pontificio Colegio Español de Roma
 Lo fundó el Beato Manuel Domingo y Sol el año 1892 y es, sin lugar a dudas, una de las más importantes realizaciones suyas. Es indiscutible la influencia de este Centro en la renovación espiritual e intelectual de los seminarios y del clero español.
Desde entonces, en el Pontificio Colegio Español de San José de Roma se han formado más de 3.000 alumnos, ha dado más de 70 obispos a las diócesis españolas, y son muchísimos los antiguos alumnos que han trabajado y trabajan en cargos de dirección y de enseñanza en los centros de formación sacerdotal.

Dirección de los seminarios diocesanos
El nuevo estilo de los Colegios de San José se iba imponiendo poco a poco. “Su método se determina por una selección delicada de los alumnos, candidatos al sacerdocio, un ambiente de familia y de comprensión entre educando y superior y una vida de piedad sincera y profunda, donde se ponen de relieve las máximas cualidades del sacerdocio, unido todo ello a una ferviente adhesión al Vicario de Cristo”. Y por ello muchos obispos se empeñaron en confiar a Don Manuel y a su Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos la dirección de sus respectivos Seminarios.
1897: se hizo cargo del Seminario de Astorga.
1898: Toledo.
1898: Chilapa (México).
1899: Zaragoza.
1900: Cuernavaca (México).
1901: Sigüenza y Cuenca.
1902: Badajoz y Puebla de los Angeles (México).
1903: Baeza.
1904: Jaén, Ciudad Real, Málaga.
1905: Barcelona.
1906: Segovia.
1907: Almería.
1908: Tarragona.

Su legado espiritual
La espiritualidad del Beato Manuel Domingo y Sol se cifra en el espíritu de Reparación al Corazón de Jesús, principalmente en la Santísima Eucaristía. Era un ardiente enamorado de la Eucaristía. Decía: “una de las cosas que nos avergonzarían en el cielo, si pudiese haber confusión, sería el pensar que le hemos tenido en la tierra, y no nos absorbió toda la vida, todo nuestro corazón”. Legó a la Hermandad ese espíritu como uno de sus fines principales.
Este amor a Jesús en la Eucaristía, este espíritu de Reparación, es el manantial de su entrega para trabajar en la delicada y difícil misión de formar a los futuros sacerdotes. Escribe: “si descendiéramos al fondo, al manantial de los sentimientos de nuestra piedad, tal vez encontraríamos lo que no habíamos reparado ni discurrido: que el origen de nuestro deseo por el bien y fomento de las vocaciones eclesiásticas, de que Dios tenga muchos y buenos sacerdotes, ha sido nuestro instintivo amor a Jesús Sacramentado”.
Este amor a Jesucristo en la Eucaristía le hacía arder en ansias de levantar Templos de Reparación. Pudo aceptar el Templo Nacional Expiatorio de San Felipe de Jesús, en México, el año 1889. Pero su ilusión era levantar uno en cada diócesis. El año 1903 pudo realizar el sueño de edificar el nuevo Templo de Reparación de Tortosa, donde descansan sus restos mortales.
Dice su última misa el 18 de Enero de 1909. Muere el día 25 de Enero de 1909, dejando a los 75 operarios que componían la Hermandad 10 colegios de vocaciones, 17 seminarios, 2 templos de reparación y el Colegio Español de Roma. Es declarado venerable por el Papa Pablo VI, el 4 de Mayo de 1970, con la denominación de "Santo Apóstol de las Vocaciones". El 29 de marzo de 1987 es beatificado por el Papa Juan Pablo II.

LA CRUZ DE LAS JMJ,s HA ESTADO EN PLASENCIA

Dias de gozo. Los jóvenes y los mayores, los niños y los no tan niños salieron a la calle, a pesar de la lluvia y del frio. Recibieron y acompañaron la cruz. El seminario menor no podia quedar al margen y prestaron su ayuda donde se les requirió, en el Via Crucis, en Laudes en la parroquia del Salvador, en la Catedral: cantando en el coro y ayudando en la Eucaristía. Felices de ser protagonistas, con toda la Diocesis, de un acontecimiento único, deseosos de participar con la multitud de jóvenes, que sin duda vendrán a Madrid, en la JMJ 2011.

jueves, 13 de enero de 2011

APOSTOLADO DE LA ORACIÓN VOCACIONAL


www.oracionvocacional.org

Intenciones para el Año 2011


Inicio: El don de la vocación es un don que la Iglesia implora cada día al Espíritu Santo. Como en los comienzos, reunida en torno a la Virgen María, Reina de los Apóstoles, la comunidad eclesial aprende de Ella a pedir al Señor que florezcan nuevos apóstoles que sepan vivir la fe y el amor necesarios para la misión.


MES
MOSÉN SOL DIJO:
INTENCIÓN
ENERO
«He tenido amor a la juventud. Y no sólo por afecto, sino que he visto los resultados. Tengo suma complacencia
en estar en medio de vosotros. La juventud es mi ideal»
Que los jóvenes católicos guiados por Jesucristo transformen nuestro mundo en familia de Dios, siempre unida y universal.
FEBRERO
«Mucho ha sido mi amor a la juventud, desde el días en que recién ordenado he tenido interés por la juventud»
Que las raíces de los jóvenes se ahonden en la buena tierra de Dios y que lo expresen cada día en una confianza sin límites como la vivió Jesucristo.
MARZO
«Aunque no hubiera sido por mi natural afecto, la experiencia de la importancia que tiene este campo, los resultados de gloria de Dios y de bien de la sociedad, y por lo tanto de bien de la juventud, serían bastante motivo para mimarla con predilección»
Que los jóvenes de todo el mundo edifiquen su vida sobre bases seguras: el Evangelio de Jesús y su Palabra que nos da vida.
ABRIL
«Cierto que el apostolado de los jóvenes tiene sus amarguras y requiere una longanimidad y tolerancia sumas...»
Que los jóvenes cristianos vivan el gozo de la cruz de Cristo y afronten las dificultades con esperanza pascual.
MAYO
«... más bien es cierto que entre todos es el apostolado más ventajoso y de más trascendencia y no deja de ser bendecido por el cielo...»
Que los jóvenes católicos sepan reconocer a Cristo Buen Pastor en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía.
JUNIO
«No está satisfecha nuestra ambición... Por su historia, su naturaleza y sus medios, debe aspirar a formar una red que arrastre a la juventud»
Que los jóvenes se comprometan en la lucha por la verdad, la justicia y la paz.
JULIO
«Esta es una casa como de familia, en la que los que guían lo hacen por   amor y por cariño; y los que vienen aquí deben estar poseídos de un compañerismo fraternal »
Que los jóvenes católicos vivan con gozo la fiesta de la Iglesia, santa y pecadora, donde se alimentan, y encuentran su vocación y misión.
AGOSTO
«Porque para evangelizar de verdad hay que "reproducir" la experiencia de Jesús que es el primer auténtico evangelizador del mundo»
Para que muchos jóvenes españoles participen en la Jornada Mundial de Jóvenes 2011, acontecimiento de gracia para todos.
SEPTIEMBRE
«Entre todos los medios de educación, tiene especial importancia la escuela, la cual, en virtud de su misión, a la vez que cultiva, con asiduo cuidado, las facultades intelectuales, desarrolla la capacidad de recto juicio, introduce en el patrimonio de la cultura  conquistado por generaciones pasadas, promueve el sentido de los valores, prepara para la vida profesional y fomenta el trato amistoso entre los alumnos de diversa índole y condición, contribuyendo a la mutua comprensión»
Que los jóvenes cristianos, en esta época de la globalización, sean testigos de la fuerza de la fe que se manifiesta en la caridad y en la fuerza de la esperanza.
OCTUBRE
«Con los jóvenes, más que trabajar, es preciso hacerles trabajar, que es el máximo trabajo»
Que la necesidad del joven de establecer relaciones satisfactorias y de tener un futuro asegurado se vea iluminada por el deseo de una vida más comprometida y más plena.
NOVIEMBRE
«El salvar a la juventud ha sido por muchos años mi sueño dorado. Creo que para realizarlo he puesto más trabajos y desvelos que por la misma Hermandad»
El joven siente que está creado para el infinito. Que todas las empresas en las que participe le lleven a desear al Señor, absoluto de todo lo que existe.
DICIEMBRE
« El campo en el que se produce la llamada es, por lo general, una comunidad cristiana viva, una parroquia, un movimiento o grupo eclesial »
Que la Virgen María, acompañe a todos los jóvenes del mundo e interceda por ellos para que el Padre bueno los libre de todo pecado y de todo peligro.

Oración: Señor Jesucristo, Maestro y Señor de nuestra vida, mira con amor a tu Iglesia. Tú que siempre la has amado y nunca la dejarás de amar, tenemos la osadía de pedir por ella el don de las vocaciones: escoge hombres y mujeres que descubran el sentido de la vocación y vivan Tu amor. Haz que se sientan llamados, por un don que nunca agradecerán del todo, a entregar su vida por Ti y por los hermanos. Te lo pedimos por mediación del Beato Mosén Sol, a Ti, el Señor de la mies, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén

martes, 4 de enero de 2011

AÑO NUEVO Y EPIFANÍA

Un nuevo año, regalo de Dios, para amarle a Él y al prójimo, para dejarse amar por Él y el prójimo. Dejemos entrar en nuestra vida a este Dios que de mano de los Magos llega a nosotros.

FELIZ AÑO NUEVO Y FELICES REYES MAGOS OS DESEA EL SEMINARIO DE PLASENCIA